Imagen de Maria José Martínez Patiño

Podría detener esta conversación en el año 85. Entonces ella, María José Martínez Patiño, tenía 24 años. Vivía en Madrid y opositaba a atleta olímpica. También se comía el mundo con la mirada hasta que un control de sexo en la Universiada de Kobe (Japón), en el que se estableció que tenía cromosomas propios del sexo masculino, le cambió la vida. De repente, la Federación Internacional le retiró la licencia de atleta. Tuvo que empezar a trabajar «en un gimnasio en el que no ganaba lo suficiente ni para pagar el alquiler del piso en el que vivía».

Pero quizás detenerse ahora en el año 85 sería no entender lo que uno pretende contar de ella, la mujer que recuerda que «hoy en día lo que se paga son las ideas», la misma que emplea el lenguaje como un arma de fuego o la que lamenta que la Universidad que ven sus ojos no se parezca al deporte de competición. «En la Universidad veo mucha gente acomodada. Un corpus creativo como éste no puede ser un funcionario al uso por el hecho de asegurar una plaza. Tendríamos que tener la mentalidad de empresa privada, porque los alumnos a los que preparamos los profesores son los que nos van a pagar a usted y a mí las pensiones el día de mañana», explica ella misma. «Por lo tanto, la responsabilidad es enorme. Generamos conocimiento».

María José Pérez Patiño es profesora de Ciencias del Deporte en la Universidad de Vigo. Un dato más en una biografía que se acerca al infinito. Pero quizá hoy sea suficiente recordar que es asesora científica en el Comité Olímpico Internacional y que ha dado conferencias en los cinco continentes, en los que se dio cuenta de que «ya no hay universidades españolas entre las mejores del mundo». Pero no por culpa de las infraestructuras, sino de la forma de ser. «Yo estoy marcada por aquel año que viví en la antigua Unión Soviética. Entonces las pasé canutas, pero aprendí como nunca. Aprendí un camino que pasaba por respetar al compañero tanto como a ti mismo. Aprendí, incluso, que esa era la principal motivación, nuestro verdadero motor. Sin embargo, en España, cuando vemos a alguien que destaca, buscamos la manera de hacerle la vida más difícil, y eso genera algo que te quita energía y que te va a impedir crecer: la envidia. Incluso, hasta nos impide entender de que de la envidia no vamos obtener ningún beneficio».

Por eso ella intenta manejarse en dirección contraria. «Del atletismo aprendí que, si vives eternamente insatisfecha siempre podrás aspirar a más. Y si te pasa lo que me pasó a mí, no se trata de dar pena, sino de aceptar que eso es un desafío para buscar otros caminos. Por eso siempre les digo a mis alumnos que hay dos palabras que pueden ayudarles a cambiar el mundo: curiosidad e iniciativa». Y en ese territorio la mediocridad está fuera de juego.

«Yo, como profesora, no estoy para poner obstáculos a nadie. Al contrario. Estoy para enseñarles un camino y si ese camino está asfaltado siempre será mejor. Por eso al empezar el curso, les digo, ‘están todos aprobados a no ser que me demuestren ustedes que les debo suspender’. Mi misión es sacar ideas de ellos, porque hoy en día lo que se paga son las ideas. De eso es de lo que van a vivir y, si hace falta decir ‘oh Capitán, mi capitán’, como decía Robin Williams, el profesor Keating en ‘El club de los poetas muertos’, lo digo. Porque mi estilo es ése, el de enseñar a la gente a pensar, a sorprender, a innovar, a cambiar, si hace falta, su forma de ver la vida. ¿No nos maravilla tanto la educación en Finlandia? ¿Por qué nosotros no podemos hacerla?».

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