Imagen antigua de dos mujeres ante un enorme ordenador. La de la izquierda es Bartik

Los primeros ordenadores electrónicos, conocidos como ENIAC, eran más parecidos a una locomotora que a un móvil; enormes máquinas llenas de lámparas que se programaban recableando circuitos, que usaban electricidad como si la regalasen y que necesitaban equipos de decenas de personas sólo para seguir funcionando, todo esto para proporcionar la potencia de cálculo que hoy supera un reloj digital.

Los pioneros que hacían funcionar a aquellas bestias tenían que enfrentarse a todo tipo de problemas, desde bichos que ensuciaban los contactos a cables que se soltaban o válvulas termoiónicas que se fundían, y al mismo tiempo ser capaces de reconectar el cableado para que la máquina resolviera diferentes ecuaciones matemáticas.

Una de aquellas programadoras iniciales fue Jean Bartik, una matemática estadounidense que se incorporó al proyecto en 1945 para ayudar a la máquina a calcular trayectorias balísticas para tablas de tiro de artillería.

Como ella misma escribió tuvieron que aprender a programar aquel ordenador primigenio estudiando los circuitos electrónicos porque no había manual de instrucciones; los mismos ingenieros que diseñaron los circuitos acabaron respetando el trabajo de aquel equipo porque conocían tan bien ‘las tripas’ que podían resolver los errores con efectividad.

Jean Bartik trabajó más en máquinas sucesoras como BINAC y UNIVAC I formando así parte del grupo de ingenieros y matemáticos que inventó el oficio de programador.

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