foto antigua de in equipo femenino de fútbol

1. Fútbol en delantal.

En fuera de juego. Así quedó, tras la guerra civil, el fútbol femenino en España durante décadas.

El fugaz intento de Paco Bru, en 1914, por fomentar el arte de la patada entre las mujeres, la gira de las Spanish Girl’s Club, lo truncó el estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1920 resonó el caso de la portera Irene González, primera española que jugó con hombres en unos partidos de exhibición de un equipo de veteranos coruñés; pero todo quedó en eso: una exhibición. Durante la II República, sin embargo, el fútbol al fin se convirtió en un mecanismo de liberación para las mujeres que, en ciertos sentidos, las equiparaba a los hombres. Nacieron clubes y asociaciones en las grandes urbes, como Levante, España o Valencia, que realizaron giras por estadios españoles y en el extranjero, en Chile, Brasil, Perú o Argentina, donde cosecharon éxitos tanto deportivos como sociales.

Desgraciadamente, todos los pasos de aquellas pioneras se desandaron de golpe cuando, tras la guerra civil, el Movimiento entregó a la Falange el control del deporte. El de las mujeres lo puso en manos de la Sección Femenina, comandada por Pilar Primo de Rivera. El único deporte que se esperaba que practicasen las mujeres era el de tener hijos sanos y educados en la fe católica para servir a la patria. Aquel era su destino: leal compañera, fiel esposa, amante sumisa y madre sacrificada.

El deporte volvió a convertirse en la gimnasia de finales del siglo anterior. Sin atisbo de competitividad. Se recomendaban hockey, tenis, baloncesto o balonmano; pero no fútbol, deporte de contacto, viril, que entrañaba fuerza, agilidad, resistencia, además de peligro de masculinización. No gustaban las marimachos, pero tampoco permitían que se sintieran femeninas, como advertían las redactoras de Medina en la revista de la Sección Femenina: “No hay que tomar el deporte como pretexto para llevar trajes escandalosos. Podemos lucir nuestra habilidad deportiva, pero no que estas habilidades sirvan para que hagamos exhibiciones indecentes. Tampoco tenemos que tomar el deporte como pretexto para independizarnos de la familia, ni para ninguna libertad, contraria a las buenas costumbres”.

Cuellos altos, los botones de la camisa pudorosamente abrochados, vuelos que cubrían las rodillas, gruesas medias. Ni una curva. Ni un centímetro de piel. Ni una insinuación. La anatomía femenina debía enterrarse bajo pololos, faldas y medias. El pantalón no encajaba con las acusadas formas de la española; se debía evitar su uso. En su lugar, las redactoras de Medina recomendaban vehementemente el delantal. Con él anudado a la cintura, las mujeres podían ejercitar las piernas bailando con la escoba. Ganar elasticidad quitando el polvo con el plumero. O fortalecer los bíceps restregando con el estropajo. Podían, incluso, endurecer los músculos de las piernas apretando el pedal de la máquina de coser.

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