Cabeza de mujer rodeada de emoticonos

Llegaron para quedarse, entrometiéndose en nuestras vidas, cambiando la manera en que nos relacionamos, multiplicando nuestras identidades hasta crear realidades alternas en el día a día, sustituyendo el abrazo por un círculo sonriente con ademán semihumano; el gesto de apoyo por un click que comparte un enlace que pocas veces leemos por completo; la intimidad de un abrazo por la desmesura de una foto viral.

No es de extrañar que las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) comiencen a reflejar conflictos presentes en el mundo real, pues sobre ellas vertimos nuestras propias subjetividades.

La violencia de género, la más terrible manifestación del sistema patriarcal, ha comenzado a manifestarse de manera particular en estos nuevos medios. Puesto que la intimidad ha corrido sus límites y las personas suelen exponer sin impudicia sus fotos, vídeos y datos personales en perfiles de redes sociales, los maltratadores aprovechan estas plataformas como estrategia de coacción.

Principales víctimas

Las redes sociales, la mensajería instantánea por celulares y correo electrónico, la ubicación satelital de los GPS, entre otras características del actual escenario de comunicación humana, devienen mecanismos efectivos de control, intimidación y acoso.

Por lo general, las principales víctimas de este tipo de agresividad terminan siendo mujeres, menores de edad u hombres gay, que sufren maltrato psicológico y simbólico, apoyado en el uso malintencionado de información íntima publicada en Internet. Es importante aclarar que no se trata de una agresividad del todo diferente, ni sus consecuencias son menos nocivas porque se ejerza desde la distancia de dispositivos electrónicos y no con el puñetazo físico.

El origen de la violencia de género que se ejerce desde las TICs sigue siendo la desigualdad de poder que supone la construcción social, histórica y cultural de lo femenino y lo masculino. Las nociones estereotipadas del género mantenidas en el tiempo son las que motivan, por ejemplo, que un vídeo donde una mujer sale desnuda teniendo sexo siga siendo motivo de escarnio público y acoso; que una adolescente reciba comentarios groseros de hombres desconocidos; que el novio se sienta en disposición de exigir a la novia una foto instantánea del lugar donde se encuentra o cuestione su interacción en redes sociales, revise su lista de amistades y mensajería.

Herramientas de Internet

La jerarquía de lo simbólicamente atribuido al “hombre” implica un acto de sujeción que en los contextos comunicativos contemporáneos se ve exacerbado cuando, por ejemplo, un mensaje de odio de una chica adolescente hacia otra se vuelve viral y la afrentada percibe que millones de personas en el mundo la rechazan y se burlan de ella. Las secuelas no resultan para nada ingenuas, pues en muchos casos la humillación y el insulto subsiguientes a la publicación de una zona sensible de la vida privada, pueden provocar daños psicológicos irreversibles y ha sido causante del suicidio de miles de jóvenes en los últimos años.

En “La Hoguera de las tentaciones” (2014), el escritor cubano residente en México Mario Nieves Cruz, analiza y describe más de una decena de casos en que adolescentes y jóvenes han llegado al suicidio luego de verse acosados, humillados y amenazados a través de las redes sociales. En todos se trata de mujeres u hombres que no se avienen al concepto tradicional de la masculinidad, lo que vuelve a estas poblaciones un grupo vulnerable a recibir ciberviolencia.

Para este escritor, Internet ofrece las herramientas para difundir las mejores causas, pero también presta el anonimato imprescindible para reproducir la maldad y el morbo. “Es este fenómeno de las redes sociales de los más inciertos de la historia humana, por toda la conmoción social que están produciendo, y por toda la velocidad que están imprimiendo al desarrollo de los acontecimientos sociales”, advierte.

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